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Anécdotas

Historias Breves - Década del Cincuenta - Doña Angelita -
Ezpeleta mi ciudad - Recuerdos de un vecino - Carnavales -
Iglesia Santa Teresita - Recuerdos y anecdotas
Sala de Primeros Auxilios - Miguel de Piazza - Onésimo Girón -
Rubén Darío Silveggio - Julian Alejandro Guerrero - Rubén Carlos Diaz - María del Carmen Lamelas - Abel Martinez - Rubén Muñoz

Historias Breves

Mis padres recién llegaban a este sitio de nombre extraño, desconocido para muchos y especialmente para nuestros parientes que hablaban con extrañeza de él. Sólo sabían que esta parada del Ferrocarril Roca nucleaba a unas pocas casas y algunas quintas lejos de la estación. También tenían referencias de las fábricas de vidrio que ya se habían instalado del lado este y de los hornos de ladrillos próximos a los montes de cerezos que cubrían numerosas manzanas.
Mi padre Indalecio Ramos fue convocado por los propietarios de El Progreso, las familias Cappa y Serraíno quienes ya residían en la zona. Más allá de la relación laboral existía una sólida amistad que logró mantenerse con el paso de los años y que hoy conservamos con los hijos de Osvaldo Cappa y de su esposa Nélida. Nuestra casa estaba ubicada sobre la calle 7 entre la 1 y la 2 a algo más de una cuadra de la estación. Era una de las pocas de la manzana.
Desde nuestro jardín llegaba a ver el Cementerio que se había trasladado desde Quilmes.
Nuestra calle, pese a ser la arteria principal entonces era al comienzo de la década, de tierra y luego se mejoró dando al lugar un aspecto más urbano. Aún hoy recuerdo las profundas zanjas que la bordeaban con sus yuyales rebeldes en los que era probable encontrar los elementos más insólitos.
Entre esas lejanas imágenes infantiles surgen el sonido nocturno de los grillos y de los infinitos sapos que poblaban los jardines y las huertas que los vecinos cuidaban.
Aquellas noches de verano permanecen casi intactas en mi memoria. A pesar de años transcurridos siento el aroma de los jazmines invadiendo el aire diáfano y esa atmósfera casi pueblerina de mi Ezpeleta natal. Hasta los silencios tenían una significación especial que sólo interrumpía la llegada de los trenes que arribaban de La Plata o de Constitución con increíble regularidad y que devolvían a hombres y mujeres ávidos de la serenidad que ofrecía su pueblo.
Desde 1944 vivíamos en nuestra casa de la calle 7 entre 1 y 2. Así escribíamos en los sobres cuando enviábamos una carta, nada más, no se escribía número ni código postal.
La nuestra era una de las pocas de la manzana. Estaban también entre otras las de Arona, los Garay, los Simal. No teníamos ningún vecino inmediato hasta que se asentaron los Silva al este y los Garrido y especialmente el queridísimo Gildo al oeste quién más tarde instaló su famosa zapatería que se encontraba sobre la vereda de enfrente.
Si recuerdo que había un enorme espacio vacio, el campito, lleno de árboles bajo cuya sombra jugábamos las chicas de Nuñez, Fidel Garrido, Mirta Girón, y tal vez mi hermana que como era mayor ya no compartía nuestras ingenuas diversiones.
El padre Ignacio con su sotana imponente atravesaba raudamente ese predio cuando hacía sus tradicionales visitas a la casa de los De Pierre, (la señora Olga y el señor Juan (Juancito)). Era ésta una familia de origen francés, muy agradable, muy europea, que motivaban siempre nuestra curiosidad por la calidez de su vivienda y por sus distinguidos familiares que llegaban de Buenos Aires en automóvil alterando la monotonía de nuestra vida pueblerina.
Era importante destacar que las visitas eran muy frecuentes en aquellos tiempos. Para los parientes que vivían en capital era casi una aventura llegar hasta Ezpeleta en tren (no había ómnibus entonces). La extensión del viaje los obligaba a quedarse a dormir y la mayoría de las veces la estadía se prolongaba una semana.
No faltaban atractivos para quedarse en Ezpeleta: el silencio de la noche sólo quebrado por el tren, la calidez y la amistad de los vecinos, el agua de pozo inigualable y sobre todo el placer de reencontrarse con tíos, con primos y sobrinos que entonces se valoraba de una manera especial.
La casa que ocupábamos era una casa tipo de los barrios de Buenos Aires. Tenía un jardín dividido en dos sectores con enormes rosales que mis padres plantaron y un caminito central que daba a la puerta de entrada.
Teníamos también un fondo muy grande, allí se creó una huerta perfectamente diseñada en cuadrículas. Las plantas de tomates curiosamente competían con los árboles frutales en cuyas solidas ramas dibujábamos nuestro futuro.

Irma Ramos Publicado en julio de 1997

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Década del Cincuenta

Tener quinta era como una obligación entonces. Pese al esfuerzo que significaba su mantenimiento, era un verdadero orgullo sembrarla y cosecharla los fines de semana.
Pienso en mi padre, con hábitos muy urbanos, cuando removía la tierra de los canteros con sus escasas herramientas, pero con toda la ilusión de obtener sus frutos.
Pienso en mi madre acercándose al limonero que sobrevivió a todas las transformaciones de la huerta hasta convertirse en un elegante parque, sólo bordeado por pinos y por cipreses.
Ese viejo y agresivo árbol que daba sus frutos todo el año era nuestro orgullo, por el aroma que ofrecía y por el placer de arrebatarle un limón perfumado y jugoso de cualquier rama
Era costumbre que quién nos visitara se llevase su paquete que incluía además algunos huevos del gallinero que se encontraba en el fondo del terreno. Como todas las casas suburbanas había un espacio destinado a las gallinas batarazas y gallos altaneros, que despertaban a toda la vecindad con un coro sistemático.
Nosotros no lo hacíamos, pero siempre algún vecino terminaba con sus pobres vidas provocando más de una mancha en los chicos que no podíamos entender como se operaba la transformación de mascota a sabroso comestible.
Así entre eses y árboles que se iban desgastando, transcurre nuestra infancia ezpeletense alterando con nuestros deberes de la escuela, las clases de piano y la confección “necesaria” de las ropas de nuestras muñecas tal como lo indicaban las revistas especializadas.
Era la época del cincuenta y pese a nuestra corta edad ya incursionábamos en la costura y en el tejido, mientras escuchábamos los programas de la radio, que invadían las cocinas de los hogares antes de la comida mientras anochecía en las calles oscuras. Recuerdo aún el llamado agudo e implacable de su madre Nélida, obligándolos a regresar al caer la noche, cuando ya habíamos terminado las tareas y esos juegos que hoy parecen casi ridículos.
Con ellos también viajábamos a Buenos Aires para presenciar los muchos espectáculos que se daban en la capital. Mi mamá nos cosía unos vestidos realmente artesanales que lucíamos ya en el andén de la estación mientras esperábamos el tren que venía de La Plata, en el que viajaban distinguidos señores con sombreros y aire intelectual.
Los trenes ofrecían un espectáculo adicional, los alumnos que venían de Río Santiago en el tren especial y seducían con sus uniformes impecables.

Irma Ramos Publicado en setiembre de 1997

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Doña Angelita
Los García constituían una numerosa familia que se había establecido en Ezpeleta antes de este siglo. Recuerdo la casona que ocuparon en lo que es hoy Florencio Varela en sus proximidades con Centenario.
Era aquel un sitio histórico rodeado de una gran arboleda y con el misterio que encierran las casas abandonadas. Era una bella construcción que seguramente debía integrar el patrimonio arquitectónico local, por el estilo y por su construcción.
Una de las hijas de los viejos García era Angela, doña Angelita para el barrio, una típica maestra rural, con su imagen fuerte, y su voz grave y cansada. Recuerdo perfectamente su silueta avanzando por las calles polvorientas de Ezpeleta del ‘50, interrumpiendo su marcha con múltiples encuentros.
Todos la conocían, todos la consultaban, todos la respetaban, todos la querían. Estaba casada con Roque Epifanio, don Roque, y vivían con otro singular personaje español afirmado en Ezpeleta, don Santos, en una casa sobre lo que hoy es la calle seis.
Sus visitas a mi casa eran diarias, especialmente después de la muerte de mi padre, cuando quedamos solas con mi madre. Todas las tardes como un ritual se acercaba a nuestra casa para acompañarnos, contándonos infinitas historias sobre su juventud en aquella Ezpeleta de comienzos de siglo, sus experiencias como docente rural y en particular sobre sus infinitos alumnos.
Quién no había aprendido a sus entonces con Angelita? Quién no la conocía? Era una auténtica maestraza por su vocación docente y por su vocación de servicio, siempre estaba junto a quién necesitaba una palabra, un gesto, o tal vez una ayuda.
Los chicos sentíamos por ella una rara mezcla de respeto y de temor. Tal vez su presencia imponente resaltaba nuestra pequeñez y limitaciones, especialmente en temas escolares.
Con el tiempo esos sentimientos se transformaron en una inmensa gratitud por habernos transferido tantas experiencias de vida y tantas lecciones de amor solidario.
Me sorprendo hoy al advertir la enorme marca que dejó en muchas vidas este ser increíble, que un día silenciosamente dijo adiós a su hija, a sus nietos y a la incontable serie de abnegados que concibió en su paso por la vida.
Por Irma Ramos Publicado en enero de 1998

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Ezpeleta mi Ciudad

Allá, en los principios de la década del 60, según te recuerdo, mis ojos de niña te gravaron en mi memoria desde mis sentimientos. Recuerdo la casa de mis amados abuelos, sobre Padre Bruzzone, donde viví hasta el 69. Con sus largos patios cubiertos de parras, bordeados de flores. Su quinta. Sus frutales. La popular peluquería de mi madre en la habitación del frente. Mi vida junto a ellos. Tiempos de gloria. Copos de algodón en el alma. Era la época en que las siestas ganaban las primeras horas de la tarde, con calles vacías, quietas.
Y cuando terminaban “las horas del silencio”, como yo las llamaba, llegaba el encuentro con los chicos de la cuadra. Entonces todo se transformaba en risas juegos, travesuras. Pasaban pocos autos y la mayoría lo hacían sobre la Av. Mitre. Era la hora de la mancha, la escondida, saltar la soga o el elástico, cambiar figuritas, jugar a la payana, a las bolitas. Después había un tiempo para que los mayores se sentaran bajo los frondosos árboles en las veredas y las charlas entre vecinos se extendiera hasta casi la hora de la cena. También recuerdo “el Refugio”, inmensa zona arbolada con su extraña casona, custodiada por numerosos perros guardianes. Hogar del escultor Pool, autor del primer busto a Sarmiento, que hoy se encuentra en su casa natal de San Juan.
El ayer paseo de la mano de mi madre o de mi abuela, al cementerio, con sus calles bordeadas por raras y variadas construcciones salpicadas de flores y respetuoso silencio. Hoy descanso obligado para muchos de mis más queridos seres. Imponente barrera tras sus muros: la vida y la muerte. Recuerdo las tardes que papá me llevaba a recorrer “la cava”. Enorme sector al que bajábamos por los mismos caminos que en espiral recorrían los camiones para llevar la tosca que extraían de allí. La profundidad del lugar y sus paredes acantiladas con los distintos tonos rojizos y marrones que en forma de franjas podían verse, eran imponentes.
A mediados del 69 nos mudamos a nuestra propia casa, sobre Río Gallegos, donde al poco tiempo naciera mi único hermano. Allí encontré otro mundo. Era como si la Av. Mitre dividiera a ese sector de Ezpeleta en dos ciudades. Tan distintas una de la otra. Me costó adaptarme a su gente. Hacer amigos. Pero bueno el tiempo todo lo puede. Y así fue. Lentamente descubrí que su gente tenía otras costumbres, pero era tan maravillosa como la “del otro lado” de la Av. Aprendí el camino a la Escuela Nº 14. Su enorme patio arbolado; sus largas galerías pobladas de murmullos y risas; el ruido de la lluvia sobre los tejados; el eco de mis pasos en sus pisos de madera; el talán de su campana; aún conservan la fuerza suficiente para hacer rodar lágrimas sobre mis mejillas. Descubrí tu plaza sobre Carbonari: parada obligada a la entrada y salida del colegio; palco oficial en los desfiles de las fiestas patrias. Nuevos barrios, como el Ferroviario: hermosos chalets desde el borde la Av. Mitre hasta el terraplén de la calle Río Desaguadero. Límite con el campo: enorme franja verde que separaba la gente del río y donde el abuelo adiestraba perros para caza menor.
Los años pasaron. Las calles de mis viejos barrios reemplazaron las risas y juegos de los niños, por las bocinas del terrible tránsito. Ya no existe “el Refugio”. En el lugar de los gigantescos árboles hay casas. La franja verde está salpicada por viviendas de distintas formas. La autopista te recorre paralela al río. Hermosas torres de barrios privados enfrentan al pintoresco viejo “barrio Ferroviario”. A causa de uno de los desbordes del río “la cava” quedó cubierta por las aguas, guardando en su interior una de las máquinas excavadoras, y transformándose desde entonces en uno de los lugares más peligrosos de la zona. Su espejo de agua actualmente es visitado como lugar de pesca o para nadar. Siendo las medidas tomadas por las autoridades, demasiado escasas para prevenir a la gente del peligro real del lugar. Llevando ya la triste lista de diecisiete víctimas fatales, algunos dirán a causa de su propia ignorancia, negligencia. La realidad muestra un sector de alto riesgo que aún espera verdaderas respuestas.
Yo también fui creciendo. El tiempo me transformó en mujer y formé mi propia familia. Llegó el momento de buscar un nuevo lugar donde vivir. Y lo encontré, aquí, en Ezpeleta. En las tierras que hace catorce años atrás estaban afectadas por el CEAMSE, ocupadas por las quintas y bordeadas por los cañaverales. Actualmente ocupadas por mi barrio, conjunto de más de doscientos chalets, que pronto superarán los trescientos; con un pañol para herramientas, una guardería materno infantil; y una fábrica de intertrabados para la pavimentación de los pasajes internos. Chalets hechos con recursos propios, cuya calidad de construcción demuestra la responsabilidad de sus conductores. Hombres jóvenes, con la fuerza y habilidad suficiente para transformar las “utopías de otros” en realidad. Que ni los tentadores negociados que más de un astuto supo proponer, ni los intereses políticos de otros sectores, pudieron desviarlos de su principal objetivo: entregar casas accesibles y habitables a aquel que la necesite. Aquí la risa y los juegos de los niños, como en mi infancia, son los dueños de sus angostas calles. La tranquilidad del lugar sólo es interrumpida por el ruido de las herramientas de la gente trabajando y el ladrido de los perros. Aquí encontré junto a un techo el amor en su más pura expresión: la amistad, la solidaridad. Mi barrio se llama Coop. de Viviendas Quilmes, pero tiene otro nombre, el de su gente que sin pausa continúa año tras año convirtiendo en realidad lo que antes eran sueños. Sus conductores son jóvenes, sí, pero su madurez es admirable. Formando la fuerza de su juventud, la humildad, la constancia, la fórmula ideal para seguir adelante pese a las dificultades que puedan presentarse. Esos valores que admiro y respeto son los que quiero heredar a mis hijos. Es así como aquí no sólo les estoy construyendo su casa, sino que también les estoy construyendo su hogar. Porque además de mi amor de madre tienen el amor de su gente.
Ezpeleta: en el pasado, en el presente, en mi futuro mis pasos te recorren. Aquí nací. Crecí. Vivieron mis abuelos desde 1910. Aquí vive mi madre, mi hermano, mi familia materna toda. Aquí vivo junto a mis hijos, mi hombre, mis amigos de ayer, de hoy, de siempre. Recorro tus calles y todas saben a momentos vividos. Pasado, presente, juntos en un mismo sitio. Por la calidad de tu gente de ayer, de hoy, aquí me quedo. Como te siento: soy parte de ti, sos parte de mí.

Por Sandra Di Franco Publicado en febrero de 1999

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Recuerdos de un vecino
Arroyo Gimenez

Introducir mi mano en el cofre imaginario, pero real de los recuerdos que todos tenemos algunos con más, otros con menos y diferentes motivos, pero todos al fin tenemos nuestro querido baúl de los recuerdos. Mi nota se referirá al “Arroyo Gimenez” y a dos recuerdos más, pero que es el ley motiv de la nota, agregando un cordial pero serio llamado a las distintas autoridades municipales o provinciales.
Al iniciar la primera etapa de recordación debo decir que nací hace setenta y pico de años, a menos de trescientos metros de dicho arroyo que corría como todos en esta parte de América, de norte a sur, o de oeste a este.
Arroyo que en todo su recorrido viboreante muchos fueron sus factores atrayentes, algunos lo utilizaban como natatorio, otros se recreaban con su abundante pesca, le llegó a prestar su nombre por haber nacido y criado en esta zona a un buen boxeador “El torito del arroyito” (Pedrin Gianninni).
Sirvió como Balneario en la década del ‘30 a numerosos jóvenes que lo utilizaron a pesar de su peligrosidad por su profundidad y con pozos que provocaban gran cantidad de remolinos en el agua en la zona señalada “las cloacas” detrás del cementerio, también era motivo para las tranquilas jornadas veraniegas de aquel tiempo a tomar mate y pescar bajo los sauces llorones que abundaban en todo su recorrido, especialmente entre las vías y la Mitre.
Esta belleza y sosiego que nos daba el “Gimenez” empezó a desaparecer y pasar a ser una seria preocupación cuando se arrojaron los desperdicios y aguas con ácido proveniente de las distintas fábricas, en primer lugar el establecimiento de conservas y dulces “La Cabezón” conocida luego como “La Miranda”, luego se agravaría en los primeros años de Ducilo que con el arrojo de las aguas con ácidos casi sin purificar mató toda la riqueza ictícola del arroyo, la falta de limpieza, dragado, etc., el olor nauseabundo lo convirtieron en un nuevo “Riachuelo” y por otro frente a cualquier aguacero en una pequeña “Venecia”.
En mayo de 1985, con el reclamo incesante por obras y medidas que alivien y resuelvan este grave problema dió sus frutos. Era tal la alegría y el alivio que trajo esta importante obra que junto con los demás entubamientos y desagües en todo Ezpeleta se desterró así la zozobra permanente de vivir las continuas inundaciones.

Publicado en agosto de 1999

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Nuestro pueblo no era más que un gran baldío rodeado de un sinnúmero de potreros para la práctica del futbol, única diversión del momento, muy pocas casas del lado Este y casi ninguna del otro lado, conocido como Villa Augusta, salvo algunas quintas con frutales y viñedos. Ninguna calle asfaltada, sin líneas de micros que entraran al pueblo, sin ninguna sala de espectáculos, el único cine había desaparecido en la postrimería de la década del 30’, el Club Unión daba sus primeros pasos.
Se carecía de Telégrafos y Correos sólo una estafeta postal a la cual había que concurrir para la información y retiro de la correspondencia. Algo semejante ocurría con los diarios que llegaban por tren y el diariero los vendía en la propia estación.
En este momento es cuando se produce en la estación Ezpeleta el acontecimiento de referencia que sería utilizado más por aspecto propagandístico que por su utilidad, traído de una estación sureña se monta el puente sin techo, sin cubrir los interescalones y se lo deja así aduciendo que por problemas de capacidad del transporte se lo haría en los subsiguientes envíos.
El refrán que dice mucha agua corrió bajo los puentes lo podemos modificar y señalar, muchos trenes pasaron bajo el puente del relato en más de medio siglo trascurridos, varias administraciones ferroviarias cambiaron pero nuestro puentecito sigue igual, no sólo con el mal aspecto estético que da sino con el peligro que representan sus escalones sin cubrir, su falta de techo, su escasa iluminación etc. etc. etc.

Ernesto Borras Publicado en setiembre de 1999

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Como otro viejo vecino y recordando los recuerdos de Ernesto Borras, tuve oportunidad de pasar por la estación Ezpeleta, y ante mi sorpresa hallé que el puente peatonal estaba techado, perdiéndose aquella imagen semidesnuda conque la solíamos mirar desde siempre, porque le faltaba esa cubierta que desde su inicio nos habían prometido allá por la década del treinta. Este cambio me llevó a observar más detenidamente nuestra estación, y continuaron las sorpresas, aquel baño semidestruído se transformó en uno completamente nuevo, amplio y cómodo, no faltó la pintura de las paredes ni el límite pintado de amarillo al borde del andén. Todo perfectamente ordenado.
Así que amigos ezpeletenses, no perdamos las esperanzas de ver algún día llegar esa formación a horario, con las mínimas comodidades que nos merecemos para viajar, si bien nunca será como el de ese "tren bala", en la imaginación de la Presidenta Cristina de Kirchner que pronto llegaría a la argentina.
Publicado en junio de 2008

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Carnavales
villa
Festejos del carnaval en la Sociedad de Fto de Villa Sobral
Es Rey del Carnaval es “Momo”, el Dios Romano de la risa, a quien se dedicaban los festejos conocidos en la antigua Roma como saturnales. Tres días antes de la festividad cristiana de la cuaresma se celebraba esta fiesta pagana del carnaval, que significa “Adiós a la carne”, era el momento del descontrol popular volcado en las calles.
El espíritu de esta tradición es el que se rescata en las murgas... Corría el año 57 cuando en la ciudad de Ezpeleta se inaugura el primer corso que se hallaba ubicado frente a la estación, por aquel entonces los amigos comerciantes de esta ciudad decidieron organizar dicho evento.

lechuMurga Los Lechuguitas
También ese mismo año un señor llamado Francisco Ferrín reúne a un numeroso grupo de muchachos en el bar de Marrero y forma la murga “Los lechuguitas” entre ellos se hallaban Jorge “Pardo” Martínez, Pichela Marrero, Quico Fernández, Raúl Alegre, Cacho Lera, Ramón Castro, Juan Arnúz, Alberto Dib, los hermanos Cabrera, Rodolfo Sánchez, Coco Serraino, Rodolfo Mondelo, Julio Sagrista, Luis Galeano, Oscar Galeano.
sacac
Murga Sacacueros

Tampoco podían estar ajenos a estos festejos el legendario Club Unión de Ezpeleta, ya que por aquel entonces, antes del año 50 organizaba los grandes bailes de carnaval, amenizando dichos eventos la murga “Los Sacacueros” nacida en el año 1950, de la mano de un grande como fue Oscar Domingo Fucci, director de dicha agrupación junto al director de ritmo y percusión Hugo Córdoba, murga nacida en Berazategui, que también fue ganadora de varios premios en los corsos de Berazategui, Ezpeleta y Quilmes por su espectacular desenvolvimiento en los escenarios.
Por aquel entonces en la inauguración del primer corso de nuestra ciudad fue quien participó en dicho evento junto al conjunto humorístico “Los lechuguitas”.

Horacio Orué Publicado en febrero de 2010

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Febrero de 1957, 50 años pasaron del primer corso de Ezpeleta, y todos nosotros teníamos 12 o 13 años, claro pasaron 50 años y tengo presente que bajo la batuta del queridísimo “Don Ferrín” creador de la primera murga por varios años, entre otros la formábamos: Lero Alegre, Jorge “Pardo” Martinez, Alberto Dib, El Tano y El Negro Cabrera, Rodolfo Mondelo, Cacho Lera, “Pichela Marrero”, El querido Cachito Galeano, Chiche Caballero, Lito Mujica, Julio Sagrista y otros tantos pibes que lucíamos orgullosos el uniforme verde y blanco de “Los Lechuguitas” en los corsos de Quilmes, Berazategui y los que hubiera en la zona.
Julio Sagrista Publicado en marzo de 2007

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Iglesia Santa Teresita teres

No hubo tañido de campañas con badajo de bronce en aquel 24 de Mayo de 1936, pero sí repiqueteo de campanitas de cristal que alimentaban las chispas de la fé en el corazón de los chicos de Ezpeleta. Una gran carpa blanca, encerraba el misterio de la Eucaristía.
El padre Cartasena, de la localidad de Quilmes, impartió junto a la sagrada imagen de Santa Teresita, en el predio donde se halla la iglesia que lleva el nombre de ésta Santa, la Primera Comunión a todos los niños del lugar. Todo se engalanó de esperanza, de vestiditos blancos y de emoción.

santaIglesia Santa Teresita fotografiada en mayo del 2010
Corazones encendidos, manitas entrecruzadas y ángeles invisibles a los ojos pero no al alma, presidieron la colocación de la Piedra Fundamental de la que sería la iglesia del pueblo.
La preparación para recibir tan inmaculado Sacramento fue impartida en el Teatro París, entidad ésta que se hallaba ubicada en lo que hoy es avenida Florencio Varela entre las calles 136 y 137 (Brazategui)
Todo fue alegría. Una banda del ejército dejó volar hacia el pentagrama del cielo sus acordes para recibir a su Eminencia Reverendísima: el Obispo de Quilmes quien impartió la Confirmación a los habitantes de Ezpeleta.
Esta fecha quedó impresa en los corazones, recordatorios, regalos, emociones siguen perennes en el recuerdo de quienes participaron ese día de esa fiesta Cristiana.
Volando en el tiempo no se puede dejar de mencionar a los clubes de barrio; los cuales funcionaban uno en la calle Florencio Varela, (a una cuadra de la barrera) llamado “Recreativo Ezpeleta” cuyo presidente era el Maximo Vaucelles y la otra entidad llamada “San Martín” que estaba presidida por Carlos Buceta, desenvolvía sus actividades en el Bar Martinez.
El tiempo entrelazó los destinos de ellos y de esa fusión nació el querido y respetado Club Unión, institución ésta que marcó un hito en la vida de Ezpeleta.Quiere mi memoria mencionar, que después de muchos años la Comisión Directiva encomendada entonces a una vecina, Joaquina Sánchez, la escritura de la letra de la marcha que lo identificaría.

Mirta Isabel Elizaga

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Recuerdos y anecdotas

Esos fabulosos bailes de Carnaval, con grandes orquestas típicas como Darienzo, De’ Angelis, Pugliese o el gran Alberto Castillo, y las grandes Características como Varela-Varelita. Siguiendo luego con los bailes de la década del ‘60 con todas las figuras de Club del Clan. Y que hablar de los personajes dentro del club, como el negro Serloni capaz de hacer la broma más pesada y poner cara de “yo no fui”. Pipeta Arona, era el cocinero oficial del club, capaz de cocinar lo que le pidieran.
La famosa rifa de los coches que se hacían con cena incluida. El primer premio era un Renaul Duphine que para la época era como un Mercedes Benz y en el segundo sorteo Pedrito Latorre, para bendecirlo un domingo a la mañana viajamos siete dentro del auto.
Tuvimos una línea de colectivos propia del pueblo, como se decía, iba desde la estación haciendo el recorrido por toda Villa Augusta, le decían “La Zamba” porque era media vuelta y adentro, ya que se rompían por los grandes pozos que había. Los dueños eran los hermanos Campi y uno de los choferes Roberto Espil que luego continuo en el blanquito (219) hasta que se jubiló y hoy se dedica a llevar los nietos a la escuela.
“Foto Darío” de Darío Silveggio, el primer fotógrafo de Ezpeleta, primero con su local en la calle Esquel desde el año 54 y sacando fotos hasta la fecha. También hay que recalcar que es un guitarrista de primera y tiene la colección completa de toda la discografía de Carlos Gardel.
Cuando digo completa es por que es así, ya que tiene las grabaciones defectuosas o cuando Gardel se equivocaba.
“Bodegas La Emilia”, un comercio que realmente comenzó de muy abajo, Don Eugenio Gamindez. Me contaba parte de la historia su hija Elba, comenzó vendiendo vino en una bicicleta por poco tiempo, ya que un cliente le ofreció un caballo el que compra y luego compra el carro y así empieza la historia.
El auge del vino en damajuanas, una etapa, año 1958, donde había mas circulante y comienza la expansión de la bodega, siempre acompañado por su esposa Julia. Luego vendrían más carros, y después los rastrojeros, más de cincuenta que repartían llegando hasta La Plata, Berisso, Ensenada. Hasta se llegó a hacer un vinoducto desde el desvío hasta las mismas piletas de la calle Río Salado para trasportar el vino que traía de San Juan o Mendoza en vagones.
Además hombre de mano abierta para las instituciones de la zona que se acercaban a pedir su colaboración.
Don Antonio “El Andaluz”, durante el día con su señora en el carro vendiendo frutas y verduras, y a partir de la tardecita nos vendía los maníes calentitos en la “esquina de la farmacia de Abrego”. Siempre contando una historia verídica o no, pero le prestábamos atención porque era como ‘el abuelo’ para nosotros los pibes de esa época.
La pizzería de Eduardo Davancens, como no tenerlo presente! En los corsos desde el año 1957 y por muchos años, los Lechuguitas fuímos invitados de honor, ya que después de la actuación siempre en su local había pizza y coca para todos.
Un personaje y señor fue para el pueblo, Victorio Larrauri el “Comisario”, para el que se había equivocado de camino el rigor de policía, pero también el consejo sano para ver si se podía encarrilar. El solo nombrarlo imponía respeto ya que fue un policía intachable, pero más un grande como persona.
Cachito Costa, siempre con un chiste en cualquier momento y una sonrisa que nunca le faltaba, trabajo en la fábrica de vidrio La cooperativa Ezpeleta y luego se dedicó al comercio creando el corralón Los Argentinos” junto a Juancito Padín y la estación de Servicio YPF en Fcio. Varela y Rio Colorado

Julio Sagrista Publicado en el 2007

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Sala de Primeros Auxilios


salaLa Salud es siempre prioritaria por lo que se hizo necesario crear la Sala de Primeros Auxilios. Para ello el día 27 de enero de 1935 se forma la Comisión Directiva integrada por los señores Alfredo Cabo, José Gallardo, José M. Martínez, Juan Vezzulla, Tomás Uribarri, Ricardo García, José Castro de la Iglesia, José Blanco, Miguel Morales y Manuel García, siendo su primer médico y director el doctor. Guillermo Craviotto. Estas fueron las bases de lo que posteriormente sería el Hopital de Ezpeleta que tuvo una etapa intermedia cuando en la Asamblea del 22 de febrero de 1939 se decidió adquirir por el valor de 14.000 pesos un antiguo chalet en el que inicialmente funcionó y que en 1964 fue ampliado hasta lograr la forma de moderna institución sanitaria actual, donde se cubren las principales especializaciones de la medicina de hoy.
Completan y complementan el aspecto sanitario para la población de nuestra localidad el desempeño de un destacado grupo de médicos y farmacias privadas así como Salas de Primeros Auxilios de Sociedades de Fomento destacándose por su labor las de Villa Augusta y del Barrio El Refugio.
La múltiple y esforzada labor de estas instituciones, que tanto lucharon y luchan por el bienestar de la población, nos impulsa a dedicarle la que probablemente será la última de esta serie de notas sobre el origen de Ezpeleta.

Lidia Castellini Publicado en setiembre de 1993

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Miguel Depiazza ....recuerdo de un ezpeleta

1904 - Ezpeleta era solo campo, atravesado por una vía de ferrocarril con una estación que identificaba el lugar. Los pocos habitantes eran españoles o italianos, que trabajaban las tierras.
En el primer loteo, que se realizó en la zona, Miguel Depiazza, único hijo varón de cinco hermanos de estos colonizadores italianos, compro su terreno en 1935, en la actual calle Padre Bruzzone 935, barrio El Refugio, donde fundó su familia y donde actualmente vive acompañado de su esposa.
Su padre, trabajaba en las quintas que habían desde Primera Junta hasta Ducilo, -eran épocas que no habían escuelas, pero se contaba con la ayuda, por parte del patrón de la quinta Pastor del Valle, que en una pieza grande, enseñaba a los peones y donde yo también aprendí a leer y escribir-, nos dice don Miguel.
-Recuerdo, un arbolito, dentro del Cementerio que me molestaba al pasar el arado y hoy es un hermoso ombú-. Eran años que para trasladarse, se caminaba o se subía en un carro. No existían las calles, simplemente se fijaba un lugar y se atravesaba en línea recta, como por ejemplo, de la esquina del Cementerio a la Estación.
Mitre era de tierra, y por él llegó el colectivo “Caranchito’, primero hasta Dorrego, luego al Cementerio, Ducilo y por último a Berazategui. Los años, pasan muy velozmente en nuestra charla con don Miguel, nos comenta que los adoquines fue todo en lujo junto a los Ford a bigote, como les decían. La costa de Ezpeleta, estaba llena de plantas, río adentro. “La vida para mi. era salir a cazar” entusiasmo que hoy tampoco perdió. Porque hace unos meses, después de dos años, a invitación de un médico amigo, continúa cobrando piezas como lo hacia en sus años jóvenes, cuando -de cincuenta tiros, cuarenta y cinco perdices cargaba luego en mis hombros, en una salida-.
Para Miguel, su vida, fue trabajar cazar y amaestrar perros. Por supuesto atendiendo a su familia, con el trabajo en Ducilo, hasta obtener la jubilación. Se trabajaba turnos de ocho horas, hasta la presidencia de Perón, que se llevo a seis horas los turnos. Y luego a lo suyo, siempre caminando.
A los doce años comenzó con un -perro de policía y uno casero-; de su experiencia, como amaestrador prefiere los perros de caza Black y Poilntier, por ser los mejores cazadores y los más ligeros.
Para enseñar, nos comenta, -salgo al campo con cada animal, una vez por día y la mejor edad para que aprenda es alrededor de los seis meses-. Generalmente el tiempo de aprendizaje es de treinta días, en los cuales les hace caminar, les larga la perdiz y les enseña a marcar, con el viento a favor para que olfateen la pieza. -Sesenta años llevo enseñando- pero estraña los años en que las perdices y liebres las veía desde la puerta de su casa.
Su hogar está lleno de recuerdos, sus hijos ya casados, no dejan de mimarlos y protegerlos. En el fondo de su casa, continúa cultivando su quinta o cuidando su parra, ya se acercan los días que preparará vino con sus frutos. Pronto va a cumplir los 91 años, nos sigue enseñando que en la vida que él sí supo aprovecharla, siempre hay lugar para seguir proyectándose

Nota publicada en noviembre de 1995

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Onésimo Girón

Nacido hace 68 años en los límites con Berazategui nos comenta que sus correrías siempre fueron por estas tierras, “ojeaba el fútbol simplemente por curiosidad y para hacer lío, concurría a los partidos de la Liga Quilmeña que se realizaban en donde hoy está la plaza frente a la comisaría. Cobraban entrada para verlo”.
Entre los 12 y los 14 años sus excursiones por el cementerio de Ezpeleta, eran para conseguir unos pesos. Consistía en proveer de agua a los familiares que acudían a visitar a sus deudos, el agua escaseaba, el molino al fondo era el único recurso, “traeme agua pibe, nos llamaban, y sacame los yuyos”, con la latita y un zapín sacábamos hasta 10 pesos por día”. Carlos Buceta fue por dos años el encargado de darnos una autorización en forma de tarjeta que nos abrochábamos con un alfiler en el pecho, para que el cliente nos identificara asegurándose el trabajo, “otro forma de lograr unos pesos eran los textos de las lápidas que se desdibujaban con el tiempo, para solucionarlo pintábamos todo el mármol, y luego ya seco con una piedra pomes y agua la pulíamos quedando en bajo relieve la pintura que resaltaba nuevamente las letras como si fueran recién hechas, se cobraba de 25 a 35 cada una. Se ganaba muy bien”.
La persona que nos relata éstas anécdotas es Onésimo Girón, que vive junto a su esposa Victoria Feliza Gonzalo en Lavalle 5164 y tiene tres hijas.
Estudió hasta el sexto grado primario, “porque fui un vago”, su padre lo mandó a trabajar cuando tenía 15 en Barracas, no le gustaba el estudio. Recuerda su infancia con sus hermanos, cuatro varones y una mujer, su padre trabajaba la tierra que consistían en varias manzanas, algunas en forma de préstamo porque sus propietarios no los usaban, con el arado la preparaba para sembrar en ella de todo un poco, todavía recuerda cosechaban hasta 30 bolsas de papas.
Su madre amasaba el pan con el que se proveían para toda la semana, al llegar las fiestas de fin de año, el tradicional pan dulce amasado por ella nunca faltaba. “Te digo que si pase hambre miento, había de todo, leche, con las dos vacas que mamá ordeñaba, o verduras de la quinta, si bien la comida no sobraba tampoco nos faltaba”.
En el 43 al casarse los hermanos de su padre éste vendió todo iniciando una nueva etapa, formando una cooperativa de ladrillos, comenzando a progresar como el quería.
Comenzó trabajando sólo unas horas en el taller Girón S.R.L. fundado por su familia en la esquina de H. Yrigoyen y Carbonari hasta 1948, incorporándose como tornero los primeros años, luego fue realizando otras tareas, pero siempre en la empresa que desde entonces fue uno de los pilares del crecimiento de esta ciudad. Hoy cuenta de tres plantas con un plantel de alrededor de 65 personas y una firme decisión de seguir adelante.
Además de su dedicación a su familia, brinda parte de su tiempo a la comunidad, es presidente de la Sociedad de Fomento Edilicia y Cultural de Ezpeleta y miembro del Rotary Club del cual es fundador. En 1962 junto a otros vecinos luchó para llevar adelante el proyecto Pro Pavimento, Nestor Mondelo tenía la responsabilidad de ser presidente, Kalbermatten el secretario y nuestro entrevistado Girón su tesorero, logrando que 16 cuadras sean concretadas cuando aún no existía ninguna ordenanza. Cuadra a cuadra con un representante titular y uno suplente se planificaba el trabajo depositando entonces el dinero en el Banco Provincia.
Se prosiguió luego con el alumbrado de veinte cuadras de luz blanca, el gas y un ambicioso proyecto de Mondelo, la parquización de la estación Ezpeleta, allí se realizaron 2.500 metros de vereda. El Colegio Secundario fue otro de sus aportes, consiguiendo primero su funcionamiento en la galería frente a la estación y luego su traslado definitivo frente a la plaza sobre la calle Río Salado.
Actualmente se está recuperando de las operaciones que recientemente le hicieran en la cadera y haciendo incursiones al taller cercano a su hogar, recordando Ezpeleta de otros tiempos, cuando en el 52 a causa de la inundación el agua paso las vías, frente a Chile, dejando bagres amarillos y ánguilas en la calle Carbonari o cuando el trabajo daba vida a la ciudad, ahora al recorrer las calles y encontrar las cristalerías cerradas, La Constancia con sus cuatro turnos, La Estrella y las pequeñas industrias que dejaron de crecer o cerraron, le confirman el panorama de la falta de trabajo, “no hay vida”, las perspectivas futuras no están claras para Girón, y le preocupa aquellos hombres de más de cincuenta años sin trabajo con el compromiso de atender las necesidades de sus familias. El amor que recibió de sus padres, fue para Girón la mayor enseñanza y con el junto a su esposa transmitieron a su hijas y ahora a sus nietas, que son su mayor alegría.

Nota publicada en febrero en diciembre de 1997

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Rubén Darío Silveggio

taxiManolo Martín y el primer taxi y Sonia hija de Darío Siveggio

Es el primer fotógrafo que tuvo Ezpeleta, y tiene miles de fotografías en un archivo que registra rostros de vecinos actuales y legendarios de esta ciudad.
Llegó a Ezpeleta, desde Chivilcoy, en el año ‘42 y terminó siendo el fotógrafo más conocido de esta ciudad. Aquí se casó con Ema Ron, nacida en esta localidad.
Trabajaba en una fábrica de vidrio mientras estudiaba fotografía. Comenzó sacando fotos sociales hasta que por fin pudo poner su propio negocio.
Como buen profesional lo que no tomó su lente, lo registró su memoria y hoy es un manual abierto donde se pueden conocer aspectos de lo que sucedió en este lugar durante casi cinco décadas.
“Yo recuerdo que Ezpeleta, era muy familiar. Había cerca de 3000 habitantes y todos éramos amigos. Para dar una idea las puertas nunca se cerraban”, -comentó Silveggio y aportó una de las tantas anécdotas que recuerda- “todas las calles eran de tierra y cuando llovía, los autos de las novias paraban del lado este de las vías y cruzaban a pie hasta la Iglesia Santa Teresita. He sacado fotos donde la novia tenía agua hasta las rodillas y si eran vecinos de Villa Augusta, por ejemplo, los recién casados llegaban a la fiesta en carro porque los coches no podían transitar”.
El conocido vecino, más tarde, habló sobre los saladeros de la época de Juan Manuel de Rosas ubicados en la calle Falucho entre Saavedra y Paso (hoy Berazategui) que era el centro de la ciudad. “Cuando yo llegué se veían aún los cimientos, porque era un sótano. La carne la trasladaban por el arroyo Giménez en bote hasta el río. Era más fácil que llegar en carreta”.
Más cerca en el tiempo, explicó que en Yrigoyen 5370 estaba la Fonda de Eugenio Ron, su suegro y frente a la estación el bar de Pepe Martínez donde se levantaban apuestas hípicas por teléfono.
Laboralmente empleaban a la gente de Ezpeleta las fábricas de vidrio La Constancia y La Estrella. Muchos otros trabajaban en el ferrocarril y en Rigolleau.
Del destacamento de policía, el fotógrafo recuerda a un oficial, Victorio Larrauri y dos vigilantes, Mendoza y Cores que estuvieron durante la década del 50 cuidando la seguridad de la gente del lugar.
En cuanto a los transportes habló del micro Nº 5 que comenzó a circular por Carbonari cada media hora y otro que pasaba por Avenida Mitre cada hora. “Pero lo más usado era el tren, porque además pasaba durante todo el día y la noche”.
Por otro lado también mencionó las luces de la calle, que eran lamparitas comunes”, y el pavimento de Carbonari “que fue en en el ‘52, año en el que me casé...”.
Conserva fotos de la ex senadora nacional Juanita Larrauri cantando tangos en canal 11 y de Hugo del Carril.
Según Darío (como lo conocen todos) “la misma Juanita Larrauri, íntima amiga de Eva Perón, trajo los primeros 50 teléfonos a Ezpeleta y logró gracias a sus contactos que los trenes comenzaran a parar en esta estación porque pasaban muchos rápidos”.
El punto de reunión era el bar de Guerra y Marrero que estaba ubicado en Carbonari e Yrigoyen. Allí se formó el cuadro de fútbol “las chauchas” que lideraba Onésimo Girón y en donde jugaban Campi, García, Avoy, Bravo y otros. Ellos participaban en los campeonatos Quilmeños”.
Entre las imágenes del pasado aparece la actual plaza de la estación, alambrada, “como era terreno del ferrocarril hasta no hace mucho ese jardín no estaba imaginado”.
Darío estuvo en la comisión del Club Unión, en la comisión de la sala de primeros auxilios de Ezpeleta y fue uno de los precursores del Centro Comercial junto a otros vecinos que poseían tienda, García y Ramirez. “Casi al final de la década del 50, un día, veníamos caminando con estos dos comerciantes y mientras cruzábamos las vías yo les propuse crear un centro comercial, ya que cualquier iniciativa propia debíamos trasladarla a Quilmes.
Hicimos unos volantes y la primer reunión se realizó en la sociedad de fomento”.
Néstor Mondelo, otro vecino, que hizo hacer las escalinatas de la estación y otros trabajos que vistieron a la ciudad, también fue traído del pasado por el fotógrafo. “El trabajaba en la sastrería que le hacia la ropa al General Perón”.
Sobre la prensa local, recuerda un semanario que llevó el nombre “Ezpeleta” y era editado por Gundín y Antonio Abrammi. Posteriormente llegó “La voz de Ezpeleta” donde Darío era fotógrafo. La impresión se hacía en Buenos Aires y era distribuido por los mismos dueños casa por casa; “todavía tengo el carnet” registró el profesional.
Buscavidas, durante el tiempo que fue fotógrafo de la policía federal, tuvo que sacar fotos de una cárcel clandestina de la época de los militares que casualmente quedaba a pocos metros de su vivienda. “La gente de esa casa nunca llegó a imaginar que existía un sótano. Era una celda de cemento que tenía una ducha, un baño y camastros. Había una losa y sobre ella estaba la casa”.
Para terminar, el entrevistado, informó sobre un hallazgo que ya pocos recuerdan: “el túnel que se encontró cerca de la Escuela Secundaria Nº 5 y que tenía 3 brazos de 100 metros cada uno. Vinieron bomberos y registraron el lugar. Eran túneles hechos aparentemente durante la época de los indios, En aquel momento llegó una radio a trasmitir y fue más novedad esta transmisión que el mismo túnel”.
Rubén Darío Silveggio continua en su comercio registrándolo todo. Tiene miles de fotografías archivadas y una memoria que aporta no pocos datos interesantes sobre la que pueda llegar a ser nuestra propia historia.
Andrea Amoroso Nota publicada en junio de 1997

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Julian Alejandro Guerrero
...revelación 1997/98 en pelota paleta
y Campeón Argentino


Ezpeleta acaba de conseguir un joven Campeón de Pelota Paleta. Su nombre es Julián Guerrero, tiene 17 años y el pasado 18 de Agosto obtuvo el primer puesto en la categoría Juvenil, del torneo que se llevó a cabo en las instalaciones del Cenard ubicado en la localidad de Nuñez.
En el transcurso de los dos días que duro el Campeonato, Julian y su compañero de equipo Esteban Saragosa, disputaron cinco partidos ante diversas delegaciones que concurrieron de todas partes del país. Estos jóvenes habían sido seleccionados, un tiempo atrás, por la Federación de Pelota Paleta para participar de una preselección en la que luego quedarían y en la que tendrían la oportunidad de representar en este Torneo, a otras tres parejas, a la Capital Federal.
Juliana, quien vive en Tupinambo 505, comenzó su carrera deportiva a los 14 años en el Club Unión que se encuentra a poca distancia de su casa y su madre no deja de reconocer que si bien le gusta la paleta, no deja de lado el estudio, mencionando que por su aplicación y su alta clasificación, fue escolta bandera a fin del año en la Escuela Nº 14 Feliciano Chiclán. Como si fuera herencia familiar, siguió los pasos de su padre y hermanos quienes practicaban asiduamente éste deporte. Con una humildad que lo caracteriza dice que en el verano de 1997, "estaba aburrido en casa y me fui a jugar al club, sin darse cuenta que ese era el principio de una carrera deportiva que lo llevaría a obtener muchas satisfacciones.
A pesar de que su cuna fue el club de sus barrio, dio sus primeros pasos en las competencias del Club Alumni de Quilmes, institución a la que llegó gracias a un amigo de su padre. A partir de ahí los triunfos vinieron solos. Entre sus logros más destacables se encuentra: el Subcampeonato de Interclubes y el Premio a la Revelación del año, en 1997; el Campeonato de la Federación conseguido en el año 1999; y como si fuera poco obtuvo una medalla de oro y dos de plata en los Torneos Juveniles Bonaerenses.
Reconoce que es un deporte en el que no se necesita de mucho entrenamiento, lo cual deja en claro que lo suyo es, simplemente, un don especial.
Durante el año participa en el Campeonato Interclubes que realiza la Federación y su categoría es la Primera "B" y los partidos se llevan a cabo durante seis meses. Aparte de jugar, se encuentra cursando el quinto año y pensando cuando empiece su carrera de abogacía.
Parece que Julián no tiene techo, ya que existe la posibilidad de que el año próximo compita en representación de la Argentina, en el Mundial Sub 22 que se realizará en Uruguay Acaba de ser citado y deposita toda su confianza en que va a poder quedar entre los seleccionados, aunque no deja de reconocer que le juega en contra la edad y la falta de experiencia en torneos Internacionales de esta índole.

Nota publicada en octubre de 2001
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Rubén Carlos Diaz
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...Diaz junto al cantor Pereira,en el bar de Lazo, en la esquina de H. Yrigoyen y Carbonari en el ‘49

“El primer corso si la memoria no me falla, organizado por los comerciantes fue por el ‘56 y se realizó sobre Hipólito Yrigoyen, desde el desvío hasta Carbonari. Las comparsas venían de Berazategui, Florencio Varela y eran animados por el locutor de Radio Argentina Héctor Casals. Las calles se llenaban de gente que acudían a disfrutar del espectáculo”, nos comenta Rubén Carlos Diaz, un vecino que desde el ‘48 hasta el ‘53 junto a Marcelino Zurita tenían una peluquería sobre H. Yrigoyen entre Esquel y Aconcagua, peluquería que anteriormente había sido de Antonio Abrami y luego de Luis Larrauri.
Diaz nació en Pigué en 1928, luego estuvo en La Plata, Quilmes estableciéndose en Ezpeleta en nuestra localidad donde actualmente vive, Calle Nº 2 al 3253 ahora Berazategui. En sus recuerdos tiene presente una gran fiesta realizada por Dardo Godoy que llamó El Pericón Nacional, en Florencio Varela y la Calle 136 de la localidad vecina, el lugar se lleno de personas estimando más de 200, para las cuales se preparó una vaquillona y una potranca. No faltaron Dardo Felix Palomar, Coco Díaz, Oscar del Cerro y muchos otros conjuntos.
En esa oportunidad conoció a la que hoy es su esposa, Nilda Garay que nos comenta que a los ochos años cuando hacia las compras la yapa era el caramelo media hora. La Escuela 14 entonces de chapa, estaba en la calle Brown entre Carbonari y Esquel, nombres como la directora Cánepa le siguen resonando junto a las maestras Rosita, Margarita, Noemí, Pertini de Iriani, reflejando junto a ellas su paso en las aulas.
Sobre la cuadra donde atendía a sus clientes Diaz hace memoria estaban, la carnicería de Volpini, en la esquina, el almacén de Martinez y la panadería Del Pilar sobre Esquel, la carnicería Eugenio y sobre el desvío una herrería, de Eugenio Ron. En su retina conserva la imagen de la laguna que se formaba en el cruce de San Martín y Chile, donde afirma que ni los carros podían transitar.
Levantó su vivienda en los alrededores de los terrenos de Juan Peileche, sembrados de maíz, tenían una extensión de cinco a seis hectáreas, el tambo se encontraba sobre la calle 134 entre 4 y 5. “La gente era buenísima no existía la cerradura con llave, la bicicleta si quedaba en la puerta, se la podía encontrar en el mismo lugar al día siguiente”, reflexiona hoy nuestro entrevistado.
Para él, los lugares de reunión eran el boliche de Julian, al lado de la Iglesia Santa Teresita o el Club Unión donde en varias ocasiones se hacían carreras de sortijas. Para ver películas estaban los cines de Quilmes, porque el que había alrededor del ‘40 sobre F. Varela pasó a transformarse en un lugar que se practicaba boxeo.
Nunca olvidó su guitarra que tantos años lo acompaño, en la época donde en los cines se brindaban espectáculos artísticos, (números vivos) junto al cantor Biondi y un recitador, acompañaba con otro guitarrista sus actuaciones, recorriendo todos los días Lomas de Zamora, Temperley, Quilmes o Avellaneda.
La vida lo acompaña con la alegría de sus dos hijos ya grandes y las travesuras de sus cinco nietos, sus manos continúan deslizándose sobre las cuerdas para hacerlas vibrar con las eternas composiciones del ayer.
“La tranquilidad y la paz de aquella mi querida Ezpeleta es lo que más extraño” confiesa Diaz cuando nos despedimos, junto a su esposa y las fotos que le rememoran sus viejos y queridos amigos.

Nota publicada en agosto de 1998

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María del Carmen Lamelas
...recuerdos de mi Infancia
En el mes de enero de 1952 vinimos a Ezpeleta, mis padres, mis cuatro hermanos y yo, recuerdo que era un verano caluroso y seco, la tierra se agrietaba por la sequía y se formaban surcos como de diez centímetros de ancho.
En esta época Ezpeleta tenía muy pocas casas y mucho campo libre. En la esquina de Centenario y Chile había un almacén de ramos generales de un señor Solustri, allí podíamos encontrar desde alpargatas, escobas, jabón de lavar en barra, carbón, legumbres, fideos, azúcar en terrones, yerba mate, dulce de leche, aceitunas, quesos, vinos, todo ordenado en estantes, o en cajones con cristales al frente y jamones colgando del techo, al entrar se sentía un olor muy especial. Estaba edificado con ladrillos unidos con adobe, sin revocar y el piso era de madera.
La única calle mejorada era Carbonari, por aquel entonces se llamaba calle 7 donde funcionaba la Escuela número 14, donde cursábamos la primaria.
El único medio de transporte era el ferrocarril. La que hoy es Avda. Centenario era una calle de tierra que en los días de lluvia se convertía en un ancho río, ya que los desagües pluviales eran prácticamente inexistentes.
Hacia el lado de Florida los terrenos eran más altos, por lo que se formaba una especie de barranco. No había muchas casas, entre ellas estaban la familia Blanco, la de Carlos Garobio, que era el enfermero de la zona, otras familias como Scherun quienes tenían el primer teléfono, Caón, Steindl, Mazariego, Tobio, Ríos, Moyano, Kolano, del Río, Vazquez, Bravo, Smola, que ya estaban viviendo en el lugar.
Mi padre había construido la que es nuestra casa, en los ratos libres que le quedaban luego de trabajar ocho horas en una fábrica donde comenzaba su labor a las cinco y treinta hasta las trece y treinta, además de las dos o tres horas extras que hacía diariamente, por lo que tenía que madrugar y levantarse a las tres y treinta para tomar el tren de las cuatro.
No sólo construyó la casa, sino que se ocupaba de hacer una huerta donde plantaba todo tipo de hortalizas y legumbres para el consumo doméstico, como así también unos jaulones para criar conejos, un gallinero que aparte de proveernos de huevos frescos, nos enseñaba a criar pollitos y gallinas. Cuantas veces lo vi cambiarse la ropa, almorzar a las tres y media o cuatro de la tarde, tomar la pala o la azada y trabajar la tierra hasta la noche. El con su ejemplo nos enseñó que todo se consigue con esfuerzo, la satisfacción de cosechar lo sembrado, el amor y cuidado de la tierra.
A medida que fuimos creciendo comenzamos a hacer lo mismo, empezamos a cultivar el terreno baldío que estaba pegado a nuestra casa, plantábamos melones, pepinos, frutillas y verduras propias de cada estación del año. Nos ocupábamos de regar todos los días, sacar las malezas y remover la tierra.
Desde Florida y Asunción hacia Quilmes, habían un campo alambrado donde aparte de criar vacas había algunos árboles frutales, el encargado de este tambo era Ramón Peláez.
El era un señor sumamente amable, todas las mañanas yo o alguna de mis hermanas íbamos a buscar leche para el consumo diario. Recuerdo especialmente las mañanas de invierno caminando por la escarcha, al llegar al tambo nos hacía beber casi medio litro de leche recién ordenada, antes de medir los litros que me llevaría a casa.
En este tambo también había un palomar, que era una construcción redonda de ladrillo y adobe con huecos para las palomas, sin puerta ni techo. Cerca de las vías del ferrocarril y donde hoy está entubado el arroyo había una laguna dónde mis hermanos solían pescar alguna anguila, tarariras, o peces de colores, también con cañas tacuara que crecían en los alrededores habían construido una balsa para navegarla, junto a un amigo Héctor Vázquez

Nota publicada en junio del 2001

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Abel Martinez
Ezpeleta, el pasado y el lento progreso
Estuvimos conversando con Abel Martinez un joven bonachón de 80 años, nacido en Ezpeleta en el año 1925, al lado de la Sala de Primeros Auxilios ubicada frente a las vías. Fiel a sus principios permanece en la actualidad en esta ignota ciudad.
Nieto e hijo de españoles inmigrante de la provincia de León al N.O de España, afincándose en este distrito en 1902.
Fueron precursores y prósperos comerciantes. Inauguraron un gran almacén y panadería en la esquina de H. Yrigoyen y Esquel. Hasta 1940 funcionó en este comercio la primera estafeta postal, por lo que puede considerarse como Abel (quien la atendía) el primer empleado público de esta localidad hasta su mayoría de edad.
Cursa sus primeros estudios en la Escuela 14, cuando esta aún era una casilla y los termina en la Escuela 17 antes de obtener el título de Tenedor de Libros, en la Academia Mesadra de Quilmes.
Por esos años, las calles no tenían nombre ni número razón por la cual, resultaba difícil entregar correspondencia o mercadería, la que se transportaba en carros tirados por caballos a falta del asfalto.
Los trenes no eran locales y pasaban con un período de 30 minutos a una hora, único transporte que comunicaba Capital Federal con La Plata y pueblos adyacentes. Ezpeleta contaba ya entonces con una población de entre siete y ocho mil habitantes.
Las familias se identificaban por sus apellidos y las calles por alguna particularidad que las distinguiera, Martinez tuvo la feliz ocurrencia de comenzar a colocarles nombres a las calles en trozos de madera de cajón, para poder de este modo, reconocerlas. Por ejemplo: San Martín, Florida, Moreno, Lavalle...
Esta población carecía de un médico local residente por lo que debían trasladar desde Quilmes en carro al doctor Gravioto, más tarde presidente de la Sala de Primeros Auxilios; y al doctor Mario Diorio desde Berazategui.
Por entonces, Ezpeleta se extendía desde la Calle 22 (actualmente la 7 de Berazategui), hasta Hernandéz y desde Centenario hasta la costa del Río de La Plata.
Por esa época funcionaban los hornos de los hermanos Moroni. Uno de ellos ubicado entre las calles José Hernandez, avenida Mitre, Salta e H. Yrigoyen.
Las quintas existentes por entonces hasta los años 57/ 58 pertenecían a la familia Ballester y los viñedos a la familia Vesulla, hoy lamentablemente extinguidas.
Existieron dos fábricas de vidrio suficientemente importantes, “La Estrella” y “La Constancia” donde trabajaban alrededor de mil personas entre obreros y empleados.
En los años 50 con la venida del peronismo, comienzan a despoblarse al ponerse en práctica las leyes laborales que amparaban a la clase trabajadora evitando así el trabajo en negro.
Por esos mismos años Antonio Abrami, marido de la senadora Juanita Larrauri funda el primer diario de Ezpeleta con bastante éxito. En el lugar en el que hoy funciona la plaza “25 de Mayo” esos terrenos, en su momento, fueron fiscales y allí se improvisó una mediana cancha de fútbol; en el lugar de la comisaría funcionaba un destacamento policial.
La famosa tosquera comenzó a ejercer su función alrededor del año 50.
La juventud no contaba con lugares de esparcimiento, para ello debían trasladarse a Quilmes, y usualmente tampoco frecuentaban la rivera del río que destacaba sus extensas playas. El único pasatiempo al que tenían acceso era jugar cartas y dados en el café de Martinez, frente a las vías sobre la avenida San Martín, en cuyo local se había instalado el único teléfono público de la zona, allí vio su primera luz la Sociedad de Fto Edilicia y Cultural de Ezpeleta en el año 1918.
Por primera vez en el año 1965 se instala la farmacia Abrego evitando de este modo a los pobladores, a trasladarse a otros lugares a buscar medicamentos.
Cuando asume como intendente de Berazategui Federico Torres delimita Ezpeleta desde la avenida Florencio Varela, quitándole de esa manera, una importante cantidad de cuadras en beneficio de su ciudad.
Aún así, nuestra ciudad sigue pausada y lentamente urbanizándose y progresando.

Marta Benegas Publicado en febrero del 2005

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Rubén Muñoz
Nos relata que tenía seis años cuando se radicó con sus padres en Villa Augusta por el año 1948, en una casa ubicada en la calle Panamá entre Concepción y Paso de los Libres, zona ésta en la que muy pocas familias tenían sus viviendas; recordando por ejemplo a los Schebra, que se dedicaba a la venta de terrenos, a doña Zulema y su esposo Juan Ortueta, al que apodaban el pocero, por su trabajo de hacer pozos ciegos, a la familia Guzmán, los Pitloum y los Sanchez.
Recuerda además que con el tiempo comenzó a funcionar el primer horno de ladrillos de Pichi, siguiéndole el de Armendariz, de Tursso y Lamas.
Rubén nuestro entrevistado nos evoca los variados colores con el que se vestía la tierra de la quinta de don Veca que se encontraba a la altura de Mar del Plata y República de Francia, como también cuando trabajaba en la que existía en Venezuela y Concepción, en la cual tuvo su vivienda la familia Velardi cuando se aquerenciaron en Ezpeleta. Sin olvidar de mencionar a doña Ana con su esposo don Germán el primer lechero de la zona, que en su casa de barro pasando Francia, tenía gallinas, patos, gansos y algunas vacas con las que nos proveía de leche a los vecinos, tarea que luego realizó Calderón. El almacén de don Pretti era el que proveía de una gran variedad de mercadería son los recuerdos de un vecino conoció y vivió una etapa de las raíces de nuestra ciudad.

Publicado en junio del 2005

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